lunes, 8 de agosto de 2016

Kooks



Cuando llegaste al mundo estaba lloviendo. En el cielo unas nubes grises recorrían la ciudad. Era una tarde de verano como cualquier otra, podía olerse la lluvia en todos los rincones y la humedad se filtraba por cada resquicio que encontraba a su paso.

El mes de julio había comenzado anunciando la proximidad de tu llegada, por lo que habíamos hecho ya todas las diligencias. El departamento estaba atiborrado de todas las cosas que habíamos dispuesto para recibirte haciendo que te sintieras en casa. Incluso el gato había cedido ya su espacio en la cama para ti.

Yo había pasado las últimas noches pegada al ventilador aunque éste sólo reciclara el aire caliente que circulaba en la habitación. La televisión permanecía encendida hasta bien entrada la madrugada porque ya me era imposible dormir. 

Eran las tres de la madrugada cuando me asaltó la primera señal. Lo sabía, era el momento, todo había sucedido ya y para entonces era fácil reconocerlo. Me levanté de la cama y fui a la cocina. Me serví un vaso con agua pero no pude beberlo porque repentinamente llegó una segunda señal. Sostuve el aliento un instante y esperé a que pasara, tiré el agua en una de las plantas de la cocina y regresé a la cama.

Intenté conciliar el sueño, pero solo conseguir dar vueltas en la cama. Estabas muy cerca de cruzar el umbral que te separaba de nuestra realidad; te encontrabas en la puerta de salida de aquel espacio imaginario en el que te había visto yo tantas veces con aquellos rizos castaños y un par de grandes ojos color café. Te había imaginado tanto que ahora, acostada en la cama, no podía dejar de pensar que por fin vería tu rostro, el real, el que quizá no se pareciera al de tu papá, como siempre pensé, sino al mío...

Acostada, con los ojos bien abiertos y las manos entrelazadas sobre mi vientre fui recibiendo, una a una, las señales que me enviabas. Llegaban cada vez con más fuerza, con mayor intensidad y proximidad. Con la respiración contenida las dejé pasar, hora tras hora. Vi el amanecer, dejé transcurrir la tarde... y entonces llegaste.


7 de julio del 2016, 5:28 p.m. 


Tu papá fue un valiente pues contra todo pronóstico se mantuvo de pie, sin desmayarse, y te dio la bienvenida al mundo. Llegaste y yo sólo pude ver en sus ojos el hueco por el que te le metiste para siempre. Porque ahora vives en el mundo exterior, pero también dentro de él y dentro de mí, como una presencia constante que nos acompaña incluso cuando estamos físicamente lejos.

Y ahora que has concluido la travesía que te trajo a este mundo debes saber que nos has llenado los bolsillos con todos los tesoros que has traído contigo. Eres aún más hermoso de lo que imaginé, eres infinitamente maravilloso. Y ahora, Diego, si decides quedarte y compartir nuestra historia de amor, no te arrepentirás, porque por encima de todo, creemos en ti. Es una bonita historia, créeme, créenos.