viernes, 21 de mayo de 2021

Menos mundo




La vida corría rauda, imparable. El sol anunciaba novedades todas las mañanas, como el diario matutino o las notificaciones del celular.  

Era el mundo que saludaba, el universo que despertaba del largo sueño de la noche y palpitaba tan fuerte que nos despertaba de una vez. 

Éramos todos en la luz de la mañana, bañados con las aguas de una lluvia leve, serena. Era el silencio de las cavernas solitarias, el hueco donde se aloja la calma. 

Éramos nosotros, silbando mientras el mundo giraba, rodaba y nos mecía como pequeñas zarigüeyas. Y éramos nosotros, pequeños seres absortos en nuestro día, en nuestras horas recortadas, marcadas con el implacable fin que pone orden y permite a la luna tomar su lugar en el mundo; nuestro mundo, que es todo: risa, sofoco y alivio.

Y era también la tristeza, el desasosiego y la desesperanza, la oscuridad de una noche que no termina, la tormenta y el trueno. Era nuestro mundo y las nubes que se rompen y se reconfiguran. Era el cielo que nos cubre y protege de la muerte universal, de las galaxias y del polvo estelar.

                                                                                        ... 


Entonces llegó la pausa, y nos sentamos a observarla en silencio. Nos miramos entre nosotros y nos preguntamos ¿por qué? ¿qué hemos hecho? ¿qué debemos, y a quién? Pero el mundo guardó silencio. Se escuchó la voz de uno, y de otro, reclamos y súplicas: ¡yo no hice nada! ¡fue él! ¡fuiste tú! 

No nos quedó más que acurrucarnos como zarigüeyas, encogidas, hechas nudo, aguantando la respiración, porque todo el mundo sabe que una buena zarigüeya es capaz de vencer hasta al más terrible depredador quedándose quieta... esperamos con la respiración contenida, fingiendo estar muertos.

Una muerte en pausa, atenta a las idas y venidas de una marea que sube y baja, que promete y traiciona. 

Somos la luna menguante, el sol poniente, la luz de una vela que alumbra la negra noche. Estamos aquí... seguimos aquí. Esperamos la vuelta de la tierra, el nuevo año, el anuncio del fin de la tormenta. 

Escuchamos el canto de las  musarañas, lejano y certero: somos selva, somos bosque, somos mar. Estamos vivos. 



20-21 tiempo de la  pandemia 

miércoles, 30 de diciembre de 2020

Una silla propia



Hace unos meses escribí un texto breve hilvanado con ideas sueltas en la profundidad de la noche. Cuando a la mañana siguiente lo releí, una de esas ideas se aferró a mí como cuando mi hijo se aferra a mi pierna para impedir que me aleje: con fuerza. Bailaba y giraba a mi alrededor; sugiriéndome reforzar los hilvanes con una costura firme.


Ahí estaba mientras yo releía, dispuesta a regresar a mi cabeza y a convertirse en un recordatorio. Se alojó en un hueco profundo y salta a la luz cuando nadie la esta observando.


La idea es muy simple, tanto que no podría considerársela una idea en realidad si no se le contextualiza adecuadamente. En este caso particular, la idea toma forma de silla, de cualquier color, forma y material; simple y llanamente, una silla.


La silla está vacía, y se encuentra en el centro de una habitación en la que no hay nada más. Por una pequeña ventana se puede observar el mundo, o mejor dicho una pequeña porción de él, un jardín, quizás, o una playa.


Pensándolo bien, lo que he llamado idea es, hasta ahora, más bien una imagen, corta, plana, carente de profundidad. Sin embargo, en la medida en la que voy reforzando los hilvanes con puntadas certeras, la silla comienza a transformarse y a posicionarse en una nueva categoría. Se hace nudo en mi cabeza para luego desplegarse y adherirse con fuerza:  esa silla es mi silla, es mi espacio en el mundo. Es el lugar que me corresponde y al que pertenezco. Yo entro a la habitación y me siento en ella y de pronto soy una persona, un individuo que busca ser. 


Y estoy ahí sentada, siendo humana, viviendo y sintiéndolo todo. Entonces, sin siquiera percatarme del cómo y ni del por qué, tengo un pequeño ser en mi regazo. Miro alrededor y noto que en la habitación ha aparecido una nueva silla. Es pequeña, hecha a medida. Intento sentar al pequeño en ella, pero siempre regresa, se sube como puede y exige que comparta con él la mía, mi vida, el universo, mi silla.


Y así, la idea que en un principio era sólo una imagen se vuelve tormenta, porque ya no imagino sentarme sola. Pero la pequeña silla no se va a ningún lado, al contrario tiende a crecer, a hacerse más grande y robusta, y sé que en algún momento será más cómoda que mi regazo. La tormenta amaina y arrecia, como la marea, y yo me aferro al pequeño con todas mis fuerzas.


Sé que en algún momento él querrá sentarse en su silla y que hará de ella su lugar en el mundo. Mientras que eso sucede yo seguiré meciéndolo, esperando. Coseré con hilvanes firmes un puente que me lleve a él de vez en cuando, y que lo traiga a mí cuando él lo desee. Seremos dos universos que se encuentran en un punto, que se conectan y que, a veces, pueden volver a ser uno.


Imagen: Kiki Smith, The Parcel

sábado, 23 de mayo de 2020

Marea nocturna





La vida está conformada, de principio a fin, de pequeños instantes. Después de haber sido madre, este concepto cobró fuerza dentro de mí. Me cuesta explicarlo, pero la fugacidad de estos instantes se ha convertido en una especie de serpiente que me consume de a poco.

Nunca he amado a ningún ser con la fuerza con la que amo a mi hijo, pero esa fuerza suele volverse en mi contra. A veces, cuando un momento maravilloso nos abraza a los dos, y una felicidad inmensa me llena, aparece en un rincón, agazapada, una pequeña sombra negra. Me guiña un ojo y me dice en voz muy baja: aférrate, que se va y no va a volver. No importa cuánto fotografíes, esto está pasando hoy y mañana no quedará nada, así que bébetelo todo, no dejes ni una gota... quizás te sirva para recordarlo.

El miedo tiene un rostro nuevo después de un parto, se convierte en compañero constante, en pensamientos profundos. Camina a tu lado, con paso firme, como una promesa. Y mientras tanto la inocencia y ternura de un ser que duerme profundamente, abre una rendija que permite entrar un delgado rayo de luz a la habitación.

Esta ambivalencia es lo que soy yo ahora, es mi nueva naturaleza. Un estado de duda constante, una pregunta sin respuesta que flota en el aire, que se espesa por las noches, pero que durante el ajetreo del día se diluye en una taza de café o en el agua del grifo mientras lavo los platos.

La rutina y los muchos pendientes me sosiegan, me permiten pasar de una hora a otra, de un día a otro. Y en esta calma cansina, en la que parece que nada va a suceder, llega el recordatorio del tiempo perdido, del desperdicio: mi hijo me ha buscado y no he acudido, me he perdido de la aventura del juego y he preferido pasar el rato lavando platos. Entonces soy yo la que lo busca, lo abraza, le sugiere una idea de aventura, quizás la búsqueda de un tesoro trepados en un barco pirata, o una batalla montados en caballos de palo. Y él siempre concede, se alegra y espera que el juego dure mucho, todo el día.

Escucho su respiración tibia en medio de un sueño tranquilo. Son las 4:00 de la madrugada y lo observo dormir, hoy el día ha sido bueno, lo hemos pasado bailando, nos hemos sentado los dos en una silla, apretados, porque él no quiere sentarse solo. Sacamos una alberca minúscula a la cochera y metimos los pies en el agua. Y yo pienso que lo voy a extrañar tanto cuando ya no quiera ser muégano, cuando ya no estemos los dos juntos como ahora, cuando desee tener su propia silla.

Es de noche y la luz aún no entra por la ventana, pero lo hará en un par de horas, y esta nostalgia anticipada desaparecerá con el primer café. Mañana.

Ilustración: “Lecciones de vida” de Angela Smyth

viernes, 7 de febrero de 2020

El pequeño monstruo rojo




El pequeño monstruo rojo habitaba las noches más rojas. Se escondía tras la luna, en el follaje de los árboles y dentro de las tazas de té. Bailaba en el silencio de la habitación mientras las niñas dormían, sin hacer el menor ruido, arqueando sus diminutas zapatillas. Se comía las galletas de la alacena dejando un camino de migas por toda la cocina, “así encontraré el camino de vuelta a cualquier parte”, se decía, mientras se lamía los resto de mantequilla de los bigotes.  De vez en cuando encendía la radio y se quedaba quieto, escuchando la estática, observándolas dormir.

El pequeño monstruo rojo parecía un ser inofensivo, y en realidad lo era, mientras que nadie despertara en su presencia. En las noches más rojas, encendía las velas de su caverna y salía a visitar a las pequeñas hermanas. Se colaba por la ventana y luego hacía todo lo que hemos dicho, siempre con una mueca que, vista desde la lejanía, hacía ligeras referencias a una sonrisa.

Las pequeñas hermanas no se percataban de su presencia, pues su madre las arropaba y arrullaba siempre y sobre todo en las noches más rojas. Sin embargo, como en todos los cuentos infantiles, los niños hacen cosas inesperadas. Por eso es comprensible que Emilia se levantara de la cama aquella madrugada y saliera al jardín. No siempre es posible adelantarse a los hechos, y necesitar ir a la cocina por agua en plena madrugada, habiendo olvidado las sandalias en el jardín, obliga a cualquiera a ir en su búsqueda sin pensar las desgracias que aquello pueda provocar. El pequeño monstruo rojo se ocultó debajo de la cama, y una vez que la niña salió de la habitación, se fue detrás de ella, levantando un poco la cola para no hacer ruido.

La noche siguiente tuvo lugar la verdadera y más grande aventura de las hermanas, quienes hasta entonces consideraban sus largos e intrépidos juegos la mayor de las aventuras que un par de niñas pudieran tener. El pequeño monstruo rojo se echó panza arriba, estaba gozoso. La mueca que en la lejanía sugería una sonrisa se hizo más pronunciada en este momento y las referencias que se observaban en ella eran más parecidas a un mar oscuro y revuelto o a un agujero negro del que no puede salir nada bueno.


...



La madre les cantó una canción mientras las niñas se vestían para dormir. Emilia se enfundó en su camisón de algodón, mientras Ana acompañaba a la madre cantando. Luego Ana hizo lo mismo que su hermana y se metieron las dos debajo de las cobijas. Un ligero olor a jabón se desprendía de las blancas sábanas, cosa que a Emilia le disgustaba. Prefería el olor a madera quemada o a la humedad de las tardes de verano.

La madre besó a sus dos hijas y salió de la habitación. Miro el largo pasillo que se extendía frente a ella, cruzo los dedos y lanzo  una pequeña oración para ahuyentar a lo que fuera que se ocultaba al final. Las niñas cayeron en un profundo sueño por lo que no pudieron ver al pequeño monstruo rojo atravesar el pasillo y entrar en la recámara.

El pequeño bribón se sentó a la orilla de la cama de Emilia, balanceando los pies divertido. Sacó de entre sus viejos harapos un costalito. Hizo un hueco en una de sus manos y colocó su contenido ahí. Luego de pronunciar una frase incomprensible, sopló lo más fuerte que pudo. Emilia estornudó ligeramente pero sin despertarse. El pequeño monstruo rojo soltó una risita y salió de la habitación dando pequeños brinquitos.

Por la mañana, cuando Emilia abrió los ojos, se encontraba en el fondo de una caverna oscura. No se dio cuenta de que el pequeño monstruo rojo la observaba desde una silla desvencijada que se encontraba al fondo de la caverna. Se incorporó y cuando quiso levantarse, su cabeza golpeó con el techo. ¡Ouch!, dijo, y mejor se puso de rodillas. El pequeño monstruo rojo se acercó por detrás y en una lengua extraña, muy quedito, le dio la bienvenida a su hogar.

Cuando Ana se despertó aquel domingo, notó que su hermana seguía en la cama. Pensó que sería muy temprano, pero miró el reloj que se encontraba en el buró, y vio que eran ya las 11:00. La llamó un par de veces pero no obtuvo respuesta. Entonces se levantó y fue hasta su cama pero Emilia seguía sin responder. Probó moviéndola y  haciendole cosquillas en los pies, pero no tuvo éxito. Fue entonces cuando se percató de que, en realidad, ahí no estaba su hermana, sino sólo su cuerpo adormecido. Estaba a punto de gritar, cuando algo llamó su atención: a un lado de la almohada había un pequeño costal vacío y restos de polvo alrededor; y desde allí, hasta la base de la ventana, se podían apreciar unas pequeñas huellas. Antes de ir tras ellas arropó a su hermana, le dio un beso en la frente, y luego salió de prisa.


...



En este punto del relato debemos mencionar que nos encontramos frente a dos posibilidades: la primera de ellas es, sin dudarlo, la más optimista, pues es aquella en la que en Ana rescata a su hermana y derrota al pequeño monstruo rojo. La segunda, que es definitivamente la más derrotista, plantea el fracaso como resolución final. Sin embargo, en los cuentos infantiles siempre triunfa el bien, por ello es comprensible que Ana encontrara la forma de entrar en la caverna y enfrentarse al pequeño y mezquino ser que había secuestrado a su hermana.

Es importante también mencionar que, a pesar de ser menor que su hermana, a Ana no le faltaba valor, ni inteligencia, y que ante situaciones complejas e incluso peligrosas, nunca dudaba en reaccionar y pelear contra quien fuera. Por ello, antes de salir por la ventana, tomó el pequeño costal y metió allí todos los conjuros que había aprendido de su madre. Fue así como, después de haber seguido al pequeño monstruo rojo hasta la entrada de la caverna, se coló detrás de él, sin hacer el menor ruido, hasta las profundidades que conformaban su lúgubre reino.

Pronto, Ana se encontró con Emilia y las dos se abrazaron lo más fuerte que pudieron, y en ese abrazo sellaron un pacto que estaba escrito desde el principio, incluso antes de haber nacido. El pequeño monstruo rojo creyó, ingenuamente, que había conducido a Ana a una trampa, pero a veces los monstruos, ya sean pequeños o de cualquier tamaño, pueden estar equivocados e incluso trazar el camino a su propia derrota.

Ana guiñó un ojo a su hermana, le mostró el pequeño costal y susurró muy quedito: "despreocúpate, que yo estoy aquí y he traído los conjuros de mamá".

Entonces todo sucedió. Ana dejó escapar del costal, primero un hilo de luz, que se fue haciendo más y más grande, hasta hacer resplandecer cada rincón de la caverna. Era una cascada fulgurante conformada por todas las oraciones pronunciadas por la madre, cada una de las noches de sus vidas. El pequeño monstruo rojo, que estaba a punto de lanzar un nuevo maleficio, trató de escapar, pero antes de que lograra escabullirse en algún rincón, el conjuro que había dejado a Emilia sumida en un sueño profundo salió de su cuerpo y lo envolvió en una especie de vorágine implacable.

Cuando por fin llegó la calma y la cascada de luz se apagó, las niñas pudieron ver al pequeño monstruo rojo. Yacía sobre el suelo, tenía los ojos cerrados y el cuerpo inmóvil. A pesar de lo ocurrido, se le veía sereno, tanto que parecía dormir. Ana se quitó el suéter y se lo echó encima, "no vaya a tener frío en lo que resta de la eternidad", se dijo, y pronunció una última oración. Encendieron todas las velas de la caverna y después salieron sin mirar atrás.


...


Es así que llegamos al final de esta historia que es, en realidad, la historia de la derrota de un monstruo rojo, muy pequeño, que quería ensombrecer la tierra entera. Sin embargo, vista al revés, es también la historia de un pacto antiguo, sellado antes del inicio del mundo, en el corazón de dos niñas que se quieren más que a nada en el mundo.


Ilustración: Rumpelstiltskin, de Edward Gorey



miércoles, 18 de septiembre de 2019

Rasca, rasca, rasca







Estaba sola en el hospital. Unas cajas de cartón extendidas sobre el piso hacían las veces de cama. Yo estaba tendida sobre las cajas y alrededor mío, de pie, se encontraban cinco médicos. Entre ellos estaba mi ginecólogo, quien, sin demostrar emoción alguna, me decía que el bebé iba a nacer ya. Yo me sentía incómoda y asustada, sobre todo porque estaba sola. Mi esposo no aparecía por ningún lado y al parecer no era posible esperar más. Así que los médicos pusieron manos a la obra y de pronto vi salir de entre mis piernas a mi hijo. Como había visto en tantas películas, mi doctor lo sujetaba cabeza abajo y le daba un par de golpecitos para hacerlo llorar. Mientras tanto, yo me percataba de que algo no estaba del todo bien: una de sus piernas colgaba en dos hilachos, como un trapo viejo que de tanto uso se ha rasgado. Yo me cubría el rostro y comenzaba a llorar. El doctor acercaba al bebé a mi pecho y al observarlo de cerca me daba cuenta de un hecho que me tranquilizaba del todo: no era que mi hijo estuviese mal o que tuviese algún defecto, sino que ¡era un gato! Lo revisaba de arriba a abajo, y en efecto, su pierna no era una pierna humana, sino una linda patita de gato; y lo que colgaba a un lado de ella era su cola.  ¡Qué tranquilidad! Yo lo abrazaba y besaba mientras pensaba: “soy la primera mujer en el mundo que da a luz un gato.”


Durante el último mes de embarazo tuve sueños extraños. Todos ellos se relacionaban, de una u otra manera, con el nacimiento de mi hijo. Éste fue el más inquietante de todos y me tuvo pensativa varios días. Fue perturbador, porque era el reflejo de mi miedo a que el bebé naciera con algún problema; pero tuvo un final feliz porque ser madre biológica de un gato sería un evento inusitado, pero sumamente divertido.


                                                                     
Yo nunca tuve gatos en mi infancia. Mi mamá comparte la idea generalizada de que son malévolos e incluso peligrosos. Mi primer y actual gato llegó a mi vida hace seis años. Lo adoptamos luego de que una de las hermanas de mi marido lo rescatara de la calle, mientras se llevaba a cabo un Vía Crucis. Tenía apenas dos meses y estaba perdido entre la multitud que presenciaba a Cristo cargar una inmensa cruz. Lo nombramos Ayrton, como el famoso corredor de fórmula 1; Ayrton Spaguetti, porque al adoptarlo se incorporó a la familia de gatos de mis amigas cercanas, la cual pertenece a una larga dinastía italo-mexicana (Ravioli, Don Roberto Canelón, Alonso Macarrón, Nancy Fideos...).

Ayrton fue mi primer hijo. Con él aprendí que el amor no entiende de distinción entre especies. Felinos y humanos pueden amarse como iguales y establecer rituales de cariño cotidiano. Ayrton ahora tiene casi siete años y durante todo este tiempo hemos aprendido a conocernos y a entender el significado de nuestro comportamiento. Él, por supuesto, sabe interpretar el tono de mi voz cuando le digo ¡bájate de la mesa! ¡no te subas a la estufa¡ ¡este plato no es para ti!, y aunque no le importe y no me haga ni una pizca de caso, sé que me entiende. Yo, por mi parte, he aprendido a identificar sus necesidades y a cubrirlas de inmediato, pues me las hace saber a través de sus maullidos incesantes. Comprendo también cuando busca caricias y acepto complacida sus mordidas porque sé que es el símil de un cariñoso beso humano. Tengo claro que si destruye mis (sus) muebles es porque necesita afilar sus garras y disfruto verlo tomar el sol y acicalarse en los sillones aunque deje una capa de pelos en ellos. 


Cuando llegamos a casa con Diego, recién nacido, Ayrton se mostró indiferente. Lo olisqueó unos segundos y, con una mirada displicente, nos dijo: Oh, así que era esto, y después continuó con lo que estaba haciendo. Sin embargo, ha sido un gato respetuoso, me ha sorprendido su destreza para saltar y caer justo a cinco centímetros de Diego. Es sumamente preciso y jamás lo ha lastimado e incluso ahora, a tres años de conocerse, juegan y la pasan bien juntos.

Me gusta pensar que entablan conversaciones en secreto, cuando yo no los observo y que serán buenos amigos siempre. Es un hecho indiscutible que, ni Diego es un gato, ni Ayrton humano; sin embargo, la distancia entre las especies se acorta cuando hay entendimiento y amor de por medio. Espero que mi hijo ame a nuestro gato tanto como yo lo amo. Espero que aprenda a respetarlo y a cuidarlo; que desarrolle la habilidad de comprender sus necesidades y que se diviertan juntos. 

Y no, no soy la madre biológica de mi gato, pero lo que sí puedo afirmar es que es parte de mi familia. Estoy segura que tras su mirada indiferente hay amor, o al menos eso creo. 

viernes, 4 de agosto de 2017

La buena vida



Anoche, luego de acostar a Diego, me dispuse a dejar todo listo para poder salir hoy muy temprano de casa. Dejar todo listo implica realizar una serie innumerable de tareas y pequeños detalles que me permiten avanzar con agilidad en la mañana. Así que durante hora y media deambulé por la casa sin parar. A las diez y media de la noche ansiaba llegar a la cama. Cansada y adolorida de las piernas me estiré hacia arriba, luego hacia los lados y después hacia abajo... bueno, lo intenté, porque sólo logré alcanzar mis tobillos, y con trabajos.

Ahí, agachada, intentando llegar al piso, pensé en lo lindo que hubiera sido haber dedicado mi vida al ballet. Sí, por absurdo que parezca, mientras estaba ahí con los brazos estirados hacia el piso sólo podía pensar en el hecho de que no había dedicado mi vida al ballet y que lo más probable es que a mi edad ya no pudiera hacerlo nunca. Y no es que en algún momento de mi vida hubiera yo tenido un futuro prometedor en el ámbito de la danza; y peor aún, mis estudios de ballet se redujeron a unos cuantos cursos de verano en mi infancia. Pero ahí, encorvada, con los brazos intentando a toda costa tocar mis pies, dejé que la idea malévola de la imposibilidad de ser una gran bailarina me invadiera por completo.


Pensamientos oscuros llegaron a mí: "si hubieras sido bailarina, en este momento no estarías pasando por esto", o " las grandes bailarinas no sólo pueden tocar el piso con las manos, sino que son capaces, incluso, de hacer contorsiones con el cuerpo hacia adelante o hacia atrás"; o " dejaste pasar el tiempo, la infancia y juventud se quedaron atrás y ahora, aunque lo desees con toda el alma, jamás podrás bailar en un teatro, mucho menos tocarte los pies con las manos". 

Así estuve unos minutos cuando caí en cuenta de que eran las once ya y debía acostarme cuanto antes. Ya acostada en la cama dejé ir mi mente mucho más allá, dando cabida a ideas negras, turbulentas y venenosas. Pensé que tampoco sería nunca una gran escritora;  que si quisiera solicitar una beca de lo que fuera, seguro por mi edad ya no me la darían; que no sería jamás patinadora de hielo o gimnasta y que seguramente no lograría jamás tejer una bufanda porque no he aprendido a usar las agujas que me regalaron hace tres años.  Y en medio de esta nube negra sentí nostalgia de todo aquello que no hice y que no haría jamás y me pareció muy injusto tener sólo una vida y tener que elegir una sola cosa para hacer bien. 

Por fortuna nada es para siempre y el sueño llegó antes de que yo pudiera tomar decisiones fatídicas como el suicidio o algo parecido. Me quedé dormida y la nostalgia se fue diluyendo hasta convertirse en una tenue mancha de sudor en mi almohada. Dejé que el ruido del ventilador me arrullara y me fui lejos unas cuantas horas.


Hoy por la mañana recordé el incidente y me sorprendí de las dimensiones que pueden adquirir por la noche los pensamientos más insignificantes. La nostalgia actúa de formas extrañas y puede tocar lugares recónditos y dolorosos. Sin embargo puede también llevarte a sitios felices. Hoy mientras pensaba en mi carrera frustrada como bailarina de ballet recordé la vez que, enfundada en mi leotardo rosa y mis mallas de bailarina me mordió un perro. Me había puesto una caja de cartón encima y corría detrás de mis amigos para atraparlos. Era de noche y yo correteaba con la caja puesta sobre la cabeza y sudaba a chorros. Nunca atrapé a nadie y terminé con las mallas rotas porque no puede pedírsele a un perro que comprenda que a veces los niños hacen tonterías para divertirse, como ponerse una caja encima  y correr a ciegas. 

De ese pequeño lugar pasé a otros más divertidos, a todas las tardes de juegos, a las largas caminatas por la colonia, a las tardes de patines y bicicleta y a mis clases de ballet con la maestra Iraida. Y pensé: tal vez no fui una gran bailarina, pero tuve la infancia más divertida que pude pedir. Es posible que nunca alcance a tocar mis pies con las manos pero la vida que he tenido ha sido buena. He elegido bien y mal y no siempre he ido por donde había pensado. Pero tengo lo que quiero y estoy en un buen lugar. Miro a mi alrededor y aunque reconozco la imposibilidad de todo aquello que no hice, me doy cuenta de que es justo esa imposibilidad la que le da sentido a todo lo que soy.


---Esta es mi vida y es una buena vida---

jueves, 22 de junio de 2017

Leche, galletas y a ti, corazón


La primavera se ha ido dejando en su lugar al temporal de verano. Éste trae consigo lluvias leves y fuertes tormentas, olor a tierra mojada y una expectación por las vacaciones. 

En mi infancia los veranos eran largos, las vacaciones duraban una eternidad y los juegos se convertían en la actividad cotidiana en casa. Mis hermanas y yo pasábamos todo el día en la calle jugando con amigos. Teníamos invitados en casa todos los días por lo que había pijamadas permanentes. Las noches eran sumamente divertidas, la pasábamos en vela, construyendo casas de espanto y jugando en medio de la oscuridad. Mis papás no se molestaban si nos veían cruzar el pasillo disfrazadas de monstruos o si nos desvelábamos viendo “La hora marcada”, “La telaraña” (programas de terror mexicanos ochenteros) o alguna película “de miedo”, como decíamos. 

Siempre he pensado que un elemento indisoluble del verano es el terror: lluvias torrenciales acompañadas de rayos y truenos, vientos que silban por las noches y apagones de luz que obligan a caminar a tientas. Mientras otros se molestan cuando la luz se va en medio de una tormenta yo veo una oportunidad para el terror: sentarse alrededor de la mesa, encender velas y contar historias de fantasmas.  



Mi afición por el terror nació en la infancia y me ha acompañado toda mi vida. Siempre que puedo organizo ciclos de cine de terror casero acompañada, ya sea de mi marido, de mis amigas o de mis tres hermanas. Tal parece que lo traemos en la sangre, porque las cuatro tenemos un gusto particular por los ambientes tenebrosos.   

Mi abuelita era una experta en historias de fantasmas. Gran parte de mi infancia la pasé en su casa comiendo papitas cocidas con sal mientras escuchaba sus historias. Fue así que conocí la leyenda de la llorona, la del hombre de negro o aquella del infortunado hombre que encontró un bebé en medio de la noche, lo llevó a su casa sólo para darse cuenta, horas después, que detrás de los tiernos ojos de aquel niño habitaba el demonio. 

Mi abuela afirmaba que los fantasmas existen y que el diablo puede hacerse presente en nuestro mundo. Estaba tan segura de ello que me transmitió esa certeza. Hoy por hoy no puedo asegurar la existencia de fantasmas, pero habita en mí una duda que crece en las noches, cuando la oscuridad se adueña del pasillo de mi departamento creando sombras extrañas. Si escucho ruidos en casa, antes de pensar en ladrones, como lo hace la mayoría de la gente, yo pienso en fantasmas. 

El verano es pues, para mí, la temporada de tormentas y de espíritus; el tiempo de los fantasmas. Ansío que mi esposo olvide pagar la luz para tener la oportunidad perfecta, desempolvar las velas y dejar que las historias viejas de mi abuela inunden toda la casa. Me hubiera encantado que Diego la conociera, que se hubiera sentado en su regazo a escuchar uno a uno los cuentos que tanto me fascinaron en la niñez; rezar “La magnífica” para ahuyentar las tormentas y disfrutar de la ternura de su mirada. Ella era lo mejor de mis veranos y en días como estos, en los que las tormentas acechan por las noches, pienso en sus remedios y antídotos: tener siempre a la mano una estampa con la oración de “la magnífica”, apretar un escapulario muy fuerte con el puño de la mano y encomendarse a Dios. El escapulario era un aliado invaluable pues funcionaba como escudo frente a la muerte. 

Diego nunca escuhará de su voz las historias que poblaron mi infancia y yo no sé si algún día logrará ver, detrás de la vida mundana, el universo fantasmal que se despliega en paralelo. Por mi parte, cuando sea mayor, le contaré todas las historias y me aseguraré de entregarle el antídoto que le permita atravesar este universo y volver sano y salvo a casa.