viernes, 4 de agosto de 2017

La buena vida



Anoche, luego de acostar a Diego, me dispuse a dejar todo listo para poder salir hoy muy temprano de casa. Dejar todo listo implica realizar una serie innumerable de tareas y pequeños detalles que me permiten avanzar con agilidad en la mañana. Así que durante hora y media deambulé por la casa sin parar. A las diez y media de la noche ansiaba llegar a la cama. Cansada y adolorida de las piernas me estiré hacia arriba, luego hacia los lados y después hacia abajo... bueno, lo intenté, porque sólo logré alcanzar mis tobillos, y con trabajos.

Ahí, agachada, intentando llegar al piso, pensé en lo lindo que hubiera sido haber dedicado mi vida al ballet. Sí, por absurdo que parezca, mientras estaba ahí con los brazos estirados hacia el piso sólo podía pensar en el hecho de que no había dedicado mi vida al ballet y que lo más probable es que a mi edad ya no pudiera hacerlo nunca. Y no es que en algún momento de mi vida hubiera yo tenido un futuro prometedor en el ámbito de la danza; y peor aún, mis estudios de ballet se redujeron a unos cuantos cursos de verano en mi infancia. Pero ahí, encorvada, con los brazos intentando a toda costa tocar mis pies, dejé que la idea malévola de la imposibilidad de ser una gran bailarina me invadiera por completo.


Pensamientos oscuros llegaron a mí: "si hubieras sido bailarina, en este momento no estarías pasando por esto", o " las grandes bailarinas no sólo pueden tocar el piso con las manos, sino que son capaces, incluso, de hacer contorsiones con el cuerpo hacia adelante o hacia atrás"; o " dejaste pasar el tiempo, la infancia y juventud se quedaron atrás y ahora, aunque lo desees con toda el alma, jamás podrás bailar en un teatro, mucho menos tocarte los pies con las manos". 

Así estuve unos minutos cuando caí en cuenta de que eran las once ya y debía acostarme cuanto antes. Ya acostada en la cama dejé ir mi mente mucho más allá, dando cabida a ideas negras, turbulentas y venenosas. Pensé que tampoco sería nunca una gran escritora;  que si quisiera solicitar una beca de lo que fuera, seguro por mi edad ya no me la darían; que no sería jamás patinadora de hielo o gimnasta y que seguramente no lograría jamás tejer una bufanda porque no he aprendido a usar las agujas que me regalaron hace tres años.  Y en medio de esta nube negra sentí nostalgia de todo aquello que no hice y que no haría jamás y me pareció muy injusto tener sólo una vida y tener que elegir una sola cosa para hacer bien. 

Por fortuna nada es para siempre y el sueño llegó antes de que yo pudiera tomar decisiones fatídicas como el suicidio o algo parecido. Me quedé dormida y la nostalgia se fue diluyendo hasta convertirse en una tenue mancha de sudor en mi almohada. Dejé que el ruido del ventilador me arrullara y me fui lejos unas cuantas horas.


Hoy por la mañana recordé el incidente y me sorprendí de las dimensiones que pueden adquirir por la noche los pensamientos más insignificantes. La nostalgia actúa de formas extrañas y puede tocar lugares recónditos y dolorosos. Sin embargo puede también llevarte a sitios felices. Hoy mientras pensaba en mi carrera frustrada como bailarina de ballet recordé la vez que, enfundada en mi leotardo rosa y mis mallas de bailarina me mordió un perro. Me había puesto una caja de cartón encima y corría detrás de mis amigos para atraparlos. Era de noche y yo correteaba con la caja puesta sobre la cabeza y sudaba a chorros. Nunca atrapé a nadie y terminé con las mallas rotas porque no puede pedírsele a un perro que comprenda que a veces los niños hacen tonterías para divertirse, como ponerse una caja encima  y correr a ciegas. 

De ese pequeño lugar pasé a otros más divertidos, a todas las tardes de juegos, a las largas caminatas por la colonia, a las tardes de patines y bicicleta y a mis clases de ballet con la maestra Iraida. Y pensé: tal vez no fui una gran bailarina, pero tuve la infancia más divertida que pude pedir. Es posible que nunca alcance a tocar mis pies con las manos pero la vida que he tenido ha sido buena. He elegido bien y mal y no siempre he ido por donde había pensado. Pero tengo lo que quiero y estoy en un buen lugar. Miro a mi alrededor y aunque reconozco la imposibilidad de todo aquello que no hice, me doy cuenta de que es justo esa imposibilidad la que le da sentido a todo lo que soy.


---Esta es mi vida y es una buena vida---

jueves, 22 de junio de 2017

Leche, galletas y a ti, corazón


La primavera se ha ido dejando en su lugar al temporal de verano. Éste trae consigo lluvias leves y fuertes tormentas, olor a tierra mojada y una expectación por las vacaciones. 

En mi infancia los veranos eran largos, las vacaciones duraban una eternidad y los juegos se convertían en la actividad cotidiana en casa. Mis hermanas y yo pasábamos todo el día en la calle jugando con amigos. Teníamos invitados en casa todos los días por lo que había pijamadas permanentes. Las noches eran sumamente divertidas, la pasábamos en vela, construyendo casas de espanto y jugando en medio de la oscuridad. Mis papás no se molestaban si nos veían cruzar el pasillo disfrazadas de monstruos o si nos desvelábamos viendo “La hora marcada”, “La telaraña” (programas de terror mexicanos ochenteros) o alguna película “de miedo”, como decíamos. 

Siempre he pensado que un elemento indisoluble del verano es el terror: lluvias torrenciales acompañadas de rayos y truenos, vientos que silban por las noches y apagones de luz que obligan a caminar a tientas. Mientras otros se molestan cuando la luz se va en medio de una tormenta yo veo una oportunidad para el terror: sentarse alrededor de la mesa, encender velas y contar historias de fantasmas.  



Mi afición por el terror nació en la infancia y me ha acompañado toda mi vida. Siempre que puedo organizo ciclos de cine de terror casero acompañada, ya sea de mi marido, de mis amigas o de mis tres hermanas. Tal parece que lo traemos en la sangre, porque las cuatro tenemos un gusto particular por los ambientes tenebrosos.   

Mi abuelita era una experta en historias de fantasmas. Gran parte de mi infancia la pasé en su casa comiendo papitas cocidas con sal mientras escuchaba sus historias. Fue así que conocí la leyenda de la llorona, la del hombre de negro o aquella del infortunado hombre que encontró un bebé en medio de la noche, lo llevó a su casa sólo para darse cuenta, horas después, que detrás de los tiernos ojos de aquel niño habitaba el demonio. 

Mi abuela afirmaba que los fantasmas existen y que el diablo puede hacerse presente en nuestro mundo. Estaba tan segura de ello que me transmitió esa certeza. Hoy por hoy no puedo asegurar la existencia de fantasmas, pero habita en mí una duda que crece en las noches, cuando la oscuridad se adueña del pasillo de mi departamento creando sombras extrañas. Si escucho ruidos en casa, antes de pensar en ladrones, como lo hace la mayoría de la gente, yo pienso en fantasmas. 

El verano es pues, para mí, la temporada de tormentas y de espíritus; el tiempo de los fantasmas. Ansío que mi esposo olvide pagar la luz para tener la oportunidad perfecta, desempolvar las velas y dejar que las historias viejas de mi abuela inunden toda la casa. Me hubiera encantado que Diego la conociera, que se hubiera sentado en su regazo a escuchar uno a uno los cuentos que tanto me fascinaron en la niñez; rezar “La magnífica” para ahuyentar las tormentas y disfrutar de la ternura de su mirada. Ella era lo mejor de mis veranos y en días como estos, en los que las tormentas acechan por las noches, pienso en sus remedios y antídotos: tener siempre a la mano una estampa con la oración de “la magnífica”, apretar un escapulario muy fuerte con el puño de la mano y encomendarse a Dios. El escapulario era un aliado invaluable pues funcionaba como escudo frente a la muerte. 

Diego nunca escuhará de su voz las historias que poblaron mi infancia y yo no sé si algún día logrará ver, detrás de la vida mundana, el universo fantasmal que se despliega en paralelo. Por mi parte, cuando sea mayor, le contaré todas las historias y me aseguraré de entregarle el antídoto que le permita atravesar este universo y volver sano y salvo a casa. 



miércoles, 4 de enero de 2017

La casa imaginada y las cosas que dejamos atrás


Es de noche, todos en casa duermen menos yo. El gato, hecho un ovillo a mis pies, respira plácidamente; mi hijo duerme profundamente a sus anchas y ocupando la mitad de la cama. Mi marido, encogido en una orilla,  parece un equilibrista haciendo malabares en la cuerda floja de un circo. Todos duermen y seguro están soñando. Yo estoy despierta, rumiando la idea de una posible mudanza.

...

Hace más de siete años que vivo en la torre 625 de la calle Escorza. Hasta hace unas semanas pensé que ese sería mi hogar muchos años más, sin embargo, la posibilidad de comprar una casa modificó esa perspectiva. En un principio me costó aceptar la idea de irme, de dar vuelta a la página y, como si se tratara de una tarea escolar, dibujar en una hoja en blanco la que sería mi nueva casa. Con el tiempo la sensación de vacío se fue sustituyendo por una mucho más optimista. Mi Pinterest fue llenándose de ideas decorativas e inicié la elaboración de un colash mental con todos los cambios y remodelaciones a los que sometería la casa nueva. Sí, soy una optimista, y como tal busco siempre el lado bueno de las cosas. He hecho un gran esfuerzo esta vez, porque dejar mi departamento significa dejar atrás muchas otras cosas también, para algunas de las cuales no me siento preparada.

Cuando recibí la noticia de la posibilidad de comprar una casa, en mi cabeza comenzaron a dibujarse una serie de pequeñas preocupaciones. Pensé, por ejemplo, en mi gato, pues para él, el mundo se reduce a nuestro departamento; a sus ventanales por los que observa el ajetreo de la calle, a nuestra habitación donde pasa horas dormido y a los sillones de la sala donde toma largos baños de sol. Seguramente la mudanza le será extraña e incluso molesta, y adaptarse a un nuevo espacio va a costarle tiempo. Lo veo pasear por el largo pasillo que conduce a los cuartos y espero que haga suyo el nuevo espacio pronto, como lo ha hecho hasta ahora con cada rincón de nuestro departamento. Sé que no debería angustiarme tanto, pero aún así me preocupa y para tranquilizarme imagino los ventanales de la casa nueva y la manera en la que los adaptaré para que él pueda disfrutar de la vista a la calle.  

El apego a mi departamento no es únicamente a sus muros, es al edificio, al barrio y de manera especial al departamento de enfrente, donde vive mi mejor amiga. Cuando digo que he vivido más de siete años en la calle Escorza es porque antes de ser inquilina formal, estuve como paracaidista en su departamento. Ella inauguró el edificio y me dejó vivir en su casa gratis. Yo colaboraba limpiando o llevando despensa a cambio de pasar días y días metida en su casa. Hasta este momento pienso que no fue el trato más justo, pero ella nunca se opuso a mis paseos en pijama por su casa o a mis tardes de hibernación en su sala.  En cambio, me ofreció café cada mañana, vimos películas de terror y series de televisión. Me regaló horas de conversaciones desbordadas de comedia fina. Me prestó sus libros y su ropa, me compartió su cama, su almohada, su cobija y me cocinó huevos en salsa para el desayuno. 

En ese departamento compartí mis primeros años con mi entonces novio y actual marido y fue una plataforma segura desde donde pude planear y construir una nueva vida. 




...



 La calle Escorza luce oscura y solitaria desde mi ventana. Está iluminada únicamente por una lámpara led instalada por los vecinos porque los arbotantes nunca han funcionado bien a pesar de haberlos reportado más de una vez al ayuntamiento. Es una calle lúgubre, enmarcada por una serie de fábricas y negocios comerciales. 

De pie, junto a la ventana, observo la inmensa maderería y su fachada color verde. Pienso en las familias de gatos que viven ahí y que por las noches salen de paseo por el barrio. Percibo la belleza de ese edificio parco que tanto ruido hace por las mañanas. Es su refugio, su hogar. Los imagino observándome desde el tejado, indiferentes a mi nostalgia. Yo, igual que ellos, me he refugiado en en estos muros y he construido aquí mi hogar. 








Escorzar, según la Real Academia de la Lengua, significa "Representar, acortándolas según las normas de la perspectiva, las imágenes que se extienden en sentido perpendicular u oblicuo al plano del papel o lienzo sobre el que se pinta." Este concepto me viene bien para construir la idea que me permitirá dejar atrás y tirar para adelante: dejar Escorza, mi calle, mi hogar, supondrá un arduo y complejo trabajo de representación del futuro, de aterrizar los bocetos imaginarios que flotan en el aire, sobre un lienzo nuevo. Dibujar y hacer real un futuro imaginado teniendo en mente que dejar atrás no significa perder para siempre. Es posible volver al lugar donde se ha sido feliz, es posible conservar sin aferrarse, recordar y pensar que el futuro no debe convertirse en un aterrizaje forzoso, sino que se debe llegar a él de manera natural, a través de un proceso de decisiones propias, de pasos seguros que nos lleven a sitios, no mejores, pero necesarios para crecer y evolucionar. 

Diego, mi hijo, ya no crecerá en el barrio de Mexicaltzingo, pero tendrá un hogar que echó raíces en él. Estas raíces son tan fuertes que continuarán creciendo en cualquier lugar; sólo es cuestión de desearlo con fuerza.