miércoles, 30 de diciembre de 2020

Una silla propia



Hace unos meses escribí un texto breve hilvanado con ideas sueltas en la profundidad de la noche. Cuando a la mañana siguiente lo releí, una de esas ideas se aferró a mí como cuando mi hijo se aferra a mi pierna para impedir que me aleje: con fuerza. Bailaba y giraba a mi alrededor; sugiriéndome reforzar los hilvanes con una costura firme.


Ahí estaba mientras yo releía, dispuesta a regresar a mi cabeza y a convertirse en un recordatorio. Se alojó en un hueco profundo y salta a la luz cuando nadie la esta observando.


La idea es muy simple, tanto que no podría considerársela una idea en realidad si no se le contextualiza adecuadamente. En este caso particular, la idea toma forma de silla, de cualquier color, forma y material; simple y llanamente, una silla.


La silla está vacía, y se encuentra en el centro de una habitación en la que no hay nada más. Por una pequeña ventana se puede observar el mundo, o mejor dicho una pequeña porción de él, un jardín, quizás, o una playa.


Pensándolo bien, lo que he llamado idea es, hasta ahora, más bien una imagen, corta, plana, carente de profundidad. Sin embargo, en la medida en la que voy reforzando los hilvanes con puntadas certeras, la silla comienza a transformarse y a posicionarse en una nueva categoría. Se hace nudo en mi cabeza para luego desplegarse y adherirse con fuerza:  esa silla es mi silla, es mi espacio en el mundo. Es el lugar que me corresponde y al que pertenezco. Yo entro a la habitación y me siento en ella y de pronto soy una persona, un individuo que busca ser. 


Y estoy ahí sentada, siendo humana, viviendo y sintiéndolo todo. Entonces, sin siquiera percatarme del cómo y ni del por qué, tengo un pequeño ser en mi regazo. Miro alrededor y noto que en la habitación ha aparecido una nueva silla. Es pequeña, hecha a medida. Intento sentar al pequeño en ella, pero siempre regresa, se sube como puede y exige que comparta con él la mía, mi vida, el universo, mi silla.


Y así, la idea que en un principio era sólo una imagen se vuelve tormenta, porque ya no imagino sentarme sola. Pero la pequeña silla no se va a ningún lado, al contrario tiende a crecer, a hacerse más grande y robusta, y sé que en algún momento será más cómoda que mi regazo. La tormenta amaina y arrecia, como la marea, y yo me aferro al pequeño con todas mis fuerzas.


Sé que en algún momento él querrá sentarse en su silla y que hará de ella su lugar en el mundo. Mientras que eso sucede yo seguiré meciéndolo, esperando. Coseré con hilvanes firmes un puente que me lleve a él de vez en cuando, y que lo traiga a mí cuando él lo desee. Seremos dos universos que se encuentran en un punto, que se conectan y que, a veces, pueden volver a ser uno.


Imagen: Kiki Smith, The Parcel

sábado, 23 de mayo de 2020

Marea nocturna





La vida está conformada, de principio a fin, de pequeños instantes. Después de haber sido madre, este concepto cobró fuerza dentro de mí. Me cuesta explicarlo, pero la fugacidad de estos instantes se ha convertido en una especie de serpiente que me consume de a poco.

Nunca he amado a ningún ser con la fuerza con la que amo a mi hijo, pero esa fuerza suele volverse en mi contra. A veces, cuando un momento maravilloso nos abraza a los dos, y una felicidad inmensa me llena, aparece en un rincón, agazapada, una pequeña sombra negra. Me guiña un ojo y me dice en voz muy baja: aférrate, que se va y no va a volver. No importa cuánto fotografíes, esto está pasando hoy y mañana no quedará nada, así que bébetelo todo, no dejes ni una gota... quizás te sirva para recordarlo.

El miedo tiene un rostro nuevo después de un parto, se convierte en compañero constante, en pensamientos profundos. Camina a tu lado, con paso firme, como una promesa. Y mientras tanto la inocencia y ternura de un ser que duerme profundamente, abre una rendija que permite entrar un delgado rayo de luz a la habitación.

Esta ambivalencia es lo que soy yo ahora, es mi nueva naturaleza. Un estado de duda constante, una pregunta sin respuesta que flota en el aire, que se espesa por las noches, pero que durante el ajetreo del día se diluye en una taza de café o en el agua del grifo mientras lavo los platos.

La rutina y los muchos pendientes me sosiegan, me permiten pasar de una hora a otra, de un día a otro. Y en esta calma cansina, en la que parece que nada va a suceder, llega el recordatorio del tiempo perdido, del desperdicio: mi hijo me ha buscado y no he acudido, me he perdido de la aventura del juego y he preferido pasar el rato lavando platos. Entonces soy yo la que lo busca, lo abraza, le sugiere una idea de aventura, quizás la búsqueda de un tesoro trepados en un barco pirata, o una batalla montados en caballos de palo. Y él siempre concede, se alegra y espera que el juego dure mucho, todo el día.

Escucho su respiración tibia en medio de un sueño tranquilo. Son las 4:00 de la madrugada y lo observo dormir, hoy el día ha sido bueno, lo hemos pasado bailando, nos hemos sentado los dos en una silla, apretados, porque él no quiere sentarse solo. Sacamos una alberca minúscula a la cochera y metimos los pies en el agua. Y yo pienso que lo voy a extrañar tanto cuando ya no quiera ser muégano, cuando ya no estemos los dos juntos como ahora, cuando desee tener su propia silla.

Es de noche y la luz aún no entra por la ventana, pero lo hará en un par de horas, y esta nostalgia anticipada desaparecerá con el primer café. Mañana.

Ilustración: “Lecciones de vida” de Angela Smyth

viernes, 7 de febrero de 2020

El pequeño monstruo rojo




El pequeño monstruo rojo habitaba las noches más rojas. Se escondía tras la luna, en el follaje de los árboles y dentro de las tazas de té. Bailaba en el silencio de la habitación mientras las niñas dormían, sin hacer el menor ruido, arqueando sus diminutas zapatillas. Se comía las galletas de la alacena dejando un camino de migas por toda la cocina, “así encontraré el camino de vuelta a cualquier parte”, se decía, mientras se lamía los resto de mantequilla de los bigotes.  De vez en cuando encendía la radio y se quedaba quieto, escuchando la estática, observándolas dormir.

El pequeño monstruo rojo parecía un ser inofensivo, y en realidad lo era, mientras que nadie despertara en su presencia. En las noches más rojas, encendía las velas de su caverna y salía a visitar a las pequeñas hermanas. Se colaba por la ventana y luego hacía todo lo que hemos dicho, siempre con una mueca que, vista desde la lejanía, hacía ligeras referencias a una sonrisa.

Las pequeñas hermanas no se percataban de su presencia, pues su madre las arropaba y arrullaba siempre y sobre todo en las noches más rojas. Sin embargo, como en todos los cuentos infantiles, los niños hacen cosas inesperadas. Por eso es comprensible que Emilia se levantara de la cama aquella madrugada y saliera al jardín. No siempre es posible adelantarse a los hechos, y necesitar ir a la cocina por agua en plena madrugada, habiendo olvidado las sandalias en el jardín, obliga a cualquiera a ir en su búsqueda sin pensar las desgracias que aquello pueda provocar. El pequeño monstruo rojo se ocultó debajo de la cama, y una vez que la niña salió de la habitación, se fue detrás de ella, levantando un poco la cola para no hacer ruido.

La noche siguiente tuvo lugar la verdadera y más grande aventura de las hermanas, quienes hasta entonces consideraban sus largos e intrépidos juegos la mayor de las aventuras que un par de niñas pudieran tener. El pequeño monstruo rojo se echó panza arriba, estaba gozoso. La mueca que en la lejanía sugería una sonrisa se hizo más pronunciada en este momento y las referencias que se observaban en ella eran más parecidas a un mar oscuro y revuelto o a un agujero negro del que no puede salir nada bueno.


...



La madre les cantó una canción mientras las niñas se vestían para dormir. Emilia se enfundó en su camisón de algodón, mientras Ana acompañaba a la madre cantando. Luego Ana hizo lo mismo que su hermana y se metieron las dos debajo de las cobijas. Un ligero olor a jabón se desprendía de las blancas sábanas, cosa que a Emilia le disgustaba. Prefería el olor a madera quemada o a la humedad de las tardes de verano.

La madre besó a sus dos hijas y salió de la habitación. Miro el largo pasillo que se extendía frente a ella, cruzo los dedos y lanzo  una pequeña oración para ahuyentar a lo que fuera que se ocultaba al final. Las niñas cayeron en un profundo sueño por lo que no pudieron ver al pequeño monstruo rojo atravesar el pasillo y entrar en la recámara.

El pequeño bribón se sentó a la orilla de la cama de Emilia, balanceando los pies divertido. Sacó de entre sus viejos harapos un costalito. Hizo un hueco en una de sus manos y colocó su contenido ahí. Luego de pronunciar una frase incomprensible, sopló lo más fuerte que pudo. Emilia estornudó ligeramente pero sin despertarse. El pequeño monstruo rojo soltó una risita y salió de la habitación dando pequeños brinquitos.

Por la mañana, cuando Emilia abrió los ojos, se encontraba en el fondo de una caverna oscura. No se dio cuenta de que el pequeño monstruo rojo la observaba desde una silla desvencijada que se encontraba al fondo de la caverna. Se incorporó y cuando quiso levantarse, su cabeza golpeó con el techo. ¡Ouch!, dijo, y mejor se puso de rodillas. El pequeño monstruo rojo se acercó por detrás y en una lengua extraña, muy quedito, le dio la bienvenida a su hogar.

Cuando Ana se despertó aquel domingo, notó que su hermana seguía en la cama. Pensó que sería muy temprano, pero miró el reloj que se encontraba en el buró, y vio que eran ya las 11:00. La llamó un par de veces pero no obtuvo respuesta. Entonces se levantó y fue hasta su cama pero Emilia seguía sin responder. Probó moviéndola y  haciendole cosquillas en los pies, pero no tuvo éxito. Fue entonces cuando se percató de que, en realidad, ahí no estaba su hermana, sino sólo su cuerpo adormecido. Estaba a punto de gritar, cuando algo llamó su atención: a un lado de la almohada había un pequeño costal vacío y restos de polvo alrededor; y desde allí, hasta la base de la ventana, se podían apreciar unas pequeñas huellas. Antes de ir tras ellas arropó a su hermana, le dio un beso en la frente, y luego salió de prisa.


...



En este punto del relato debemos mencionar que nos encontramos frente a dos posibilidades: la primera de ellas es, sin dudarlo, la más optimista, pues es aquella en la que en Ana rescata a su hermana y derrota al pequeño monstruo rojo. La segunda, que es definitivamente la más derrotista, plantea el fracaso como resolución final. Sin embargo, en los cuentos infantiles siempre triunfa el bien, por ello es comprensible que Ana encontrara la forma de entrar en la caverna y enfrentarse al pequeño y mezquino ser que había secuestrado a su hermana.

Es importante también mencionar que, a pesar de ser menor que su hermana, a Ana no le faltaba valor, ni inteligencia, y que ante situaciones complejas e incluso peligrosas, nunca dudaba en reaccionar y pelear contra quien fuera. Por ello, antes de salir por la ventana, tomó el pequeño costal y metió allí todos los conjuros que había aprendido de su madre. Fue así como, después de haber seguido al pequeño monstruo rojo hasta la entrada de la caverna, se coló detrás de él, sin hacer el menor ruido, hasta las profundidades que conformaban su lúgubre reino.

Pronto, Ana se encontró con Emilia y las dos se abrazaron lo más fuerte que pudieron, y en ese abrazo sellaron un pacto que estaba escrito desde el principio, incluso antes de haber nacido. El pequeño monstruo rojo creyó, ingenuamente, que había conducido a Ana a una trampa, pero a veces los monstruos, ya sean pequeños o de cualquier tamaño, pueden estar equivocados e incluso trazar el camino a su propia derrota.

Ana guiñó un ojo a su hermana, le mostró el pequeño costal y susurró muy quedito: "despreocúpate, que yo estoy aquí y he traído los conjuros de mamá".

Entonces todo sucedió. Ana dejó escapar del costal, primero un hilo de luz, que se fue haciendo más y más grande, hasta hacer resplandecer cada rincón de la caverna. Era una cascada fulgurante conformada por todas las oraciones pronunciadas por la madre, cada una de las noches de sus vidas. El pequeño monstruo rojo, que estaba a punto de lanzar un nuevo maleficio, trató de escapar, pero antes de que lograra escabullirse en algún rincón, el conjuro que había dejado a Emilia sumida en un sueño profundo salió de su cuerpo y lo envolvió en una especie de vorágine implacable.

Cuando por fin llegó la calma y la cascada de luz se apagó, las niñas pudieron ver al pequeño monstruo rojo. Yacía sobre el suelo, tenía los ojos cerrados y el cuerpo inmóvil. A pesar de lo ocurrido, se le veía sereno, tanto que parecía dormir. Ana se quitó el suéter y se lo echó encima, "no vaya a tener frío en lo que resta de la eternidad", se dijo, y pronunció una última oración. Encendieron todas las velas de la caverna y después salieron sin mirar atrás.


...


Es así que llegamos al final de esta historia que es, en realidad, la historia de la derrota de un monstruo rojo, muy pequeño, que quería ensombrecer la tierra entera. Sin embargo, vista al revés, es también la historia de un pacto antiguo, sellado antes del inicio del mundo, en el corazón de dos niñas que se quieren más que a nada en el mundo.


Ilustración: Rumpelstiltskin, de Edward Gorey