sábado, 23 de mayo de 2020

Marea nocturna





La vida está conformada, de principio a fin, de pequeños instantes. Después de haber sido madre, este concepto cobró fuerza dentro de mí. Me cuesta explicarlo, pero la fugacidad de estos instantes se ha convertido en una especie de serpiente que me consume de a poco.

Nunca he amado a ningún ser con la fuerza con la que amo a mi hijo, pero esa fuerza suele volverse en mi contra. A veces, cuando un momento maravilloso nos abraza a los dos, y una felicidad inmensa me llena, aparece en un rincón, agazapada, una pequeña sombra negra. Me guiña un ojo y me dice en voz muy baja: aférrate, que se va y no va a volver. No importa cuánto fotografíes, esto está pasando hoy y mañana no quedará nada, así que bébetelo todo, no dejes ni una gota... quizás te sirva para recordarlo.

El miedo tiene un rostro nuevo después de un parto, se convierte en compañero constante, en pensamientos profundos. Camina a tu lado, con paso firme, como una promesa. Y mientras tanto la inocencia y ternura de un ser que duerme profundamente, abre una rendija que permite entrar un delgado rayo de luz a la habitación.

Esta ambivalencia es lo que soy yo ahora, es mi nueva naturaleza. Un estado de duda constante, una pregunta sin respuesta que flota en el aire, que se espesa por las noches, pero que durante el ajetreo del día se diluye en una taza de café o en el agua del grifo mientras lavo los platos.

La rutina y los muchos pendientes me sosiegan, me permiten pasar de una hora a otra, de un día a otro. Y en esta calma cansina, en la que parece que nada va a suceder, llega el recordatorio del tiempo perdido, del desperdicio: mi hijo me ha buscado y no he acudido, me he perdido de la aventura del juego y he preferido pasar el rato lavando platos. Entonces soy yo la que lo busca, lo abraza, le sugiere una idea de aventura, quizás la búsqueda de un tesoro trepados en un barco pirata, o una batalla montados en caballos de palo. Y él siempre concede, se alegra y espera que el juego dure mucho, todo el día.

Escucho su respiración tibia en medio de un sueño tranquilo. Son las 4:00 de la madrugada y lo observo dormir, hoy el día ha sido bueno, lo hemos pasado bailando, nos hemos sentado los dos en una silla, apretados, porque él no quiere sentarse solo. Sacamos una alberca minúscula a la cochera y metimos los pies en el agua. Y yo pienso que lo voy a extrañar tanto cuando ya no quiera ser muégano, cuando ya no estemos los dos juntos como ahora, cuando desee tener su propia silla.

Es de noche y la luz aún no entra por la ventana, pero lo hará en un par de horas, y esta nostalgia anticipada desaparecerá con el primer café. Mañana.

Ilustración: “Lecciones de vida” de Angela Smyth

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