miércoles, 18 de septiembre de 2019

Rasca, rasca, rasca







Estaba sola en el hospital. Unas cajas de cartón extendidas sobre el piso hacían las veces de cama. Yo estaba tendida sobre las cajas y alrededor mío, de pie, se encontraban cinco médicos. Entre ellos estaba mi ginecólogo, quien, sin demostrar emoción alguna, me decía que el bebé iba a nacer ya. Yo me sentía incómoda y asustada, sobre todo porque estaba sola. Mi esposo no aparecía por ningún lado y al parecer no era posible esperar más. Así que los médicos pusieron manos a la obra y de pronto vi salir de entre mis piernas a mi hijo. Como había visto en tantas películas, mi doctor lo sujetaba cabeza abajo y le daba un par de golpecitos para hacerlo llorar. Mientras tanto, yo me percataba de que algo no estaba del todo bien: una de sus piernas colgaba en dos hilachos, como un trapo viejo que de tanto uso se ha rasgado. Yo me cubría el rostro y comenzaba a llorar. El doctor acercaba al bebé a mi pecho y al observarlo de cerca me daba cuenta de un hecho que me tranquilizaba del todo: no era que mi hijo estuviese mal o que tuviese algún defecto, sino que ¡era un gato! Lo revisaba de arriba a abajo, y en efecto, su pierna no era una pierna humana, sino una linda patita de gato; y lo que colgaba a un lado de ella era su cola.  ¡Qué tranquilidad! Yo lo abrazaba y besaba mientras pensaba: “soy la primera mujer en el mundo que da a luz un gato.”


Durante el último mes de embarazo tuve sueños extraños. Todos ellos se relacionaban, de una u otra manera, con el nacimiento de mi hijo. Éste fue el más inquietante de todos y me tuvo pensativa varios días. Fue perturbador, porque era el reflejo de mi miedo a que el bebé naciera con algún problema; pero tuvo un final feliz porque ser madre biológica de un gato sería un evento inusitado, pero sumamente divertido.


                                                                     
Yo nunca tuve gatos en mi infancia. Mi mamá comparte la idea generalizada de que son malévolos e incluso peligrosos. Mi primer y actual gato llegó a mi vida hace seis años. Lo adoptamos luego de que una de las hermanas de mi marido lo rescatara de la calle, mientras se llevaba a cabo un Vía Crucis. Tenía apenas dos meses y estaba perdido entre la multitud que presenciaba a Cristo cargar una inmensa cruz. Lo nombramos Ayrton, como el famoso corredor de fórmula 1; Ayrton Spaguetti, porque al adoptarlo se incorporó a la familia de gatos de mis amigas cercanas, la cual pertenece a una larga dinastía italo-mexicana (Ravioli, Don Roberto Canelón, Alonso Macarrón, Nancy Fideos...).

Ayrton fue mi primer hijo. Con él aprendí que el amor no entiende de distinción entre especies. Felinos y humanos pueden amarse como iguales y establecer rituales de cariño cotidiano. Ayrton ahora tiene casi siete años y durante todo este tiempo hemos aprendido a conocernos y a entender el significado de nuestro comportamiento. Él, por supuesto, sabe interpretar el tono de mi voz cuando le digo ¡bájate de la mesa! ¡no te subas a la estufa¡ ¡este plato no es para ti!, y aunque no le importe y no me haga ni una pizca de caso, sé que me entiende. Yo, por mi parte, he aprendido a identificar sus necesidades y a cubrirlas de inmediato, pues me las hace saber a través de sus maullidos incesantes. Comprendo también cuando busca caricias y acepto complacida sus mordidas porque sé que es el símil de un cariñoso beso humano. Tengo claro que si destruye mis (sus) muebles es porque necesita afilar sus garras y disfruto verlo tomar el sol y acicalarse en los sillones aunque deje una capa de pelos en ellos. 


Cuando llegamos a casa con Diego, recién nacido, Ayrton se mostró indiferente. Lo olisqueó unos segundos y, con una mirada displicente, nos dijo: Oh, así que era esto, y después continuó con lo que estaba haciendo. Sin embargo, ha sido un gato respetuoso, me ha sorprendido su destreza para saltar y caer justo a cinco centímetros de Diego. Es sumamente preciso y jamás lo ha lastimado e incluso ahora, a tres años de conocerse, juegan y la pasan bien juntos.

Me gusta pensar que entablan conversaciones en secreto, cuando yo no los observo y que serán buenos amigos siempre. Es un hecho indiscutible que, ni Diego es un gato, ni Ayrton humano; sin embargo, la distancia entre las especies se acorta cuando hay entendimiento y amor de por medio. Espero que mi hijo ame a nuestro gato tanto como yo lo amo. Espero que aprenda a respetarlo y a cuidarlo; que desarrolle la habilidad de comprender sus necesidades y que se diviertan juntos. 

Y no, no soy la madre biológica de mi gato, pero lo que sí puedo afirmar es que es parte de mi familia. Estoy segura que tras su mirada indiferente hay amor, o al menos eso creo.