miércoles, 4 de enero de 2017

La casa imaginada y las cosas que dejamos atrás


Es de noche, todos en casa duermen menos yo. El gato, hecho un ovillo a mis pies, respira plácidamente; mi hijo duerme profundamente a sus anchas y ocupando la mitad de la cama. Mi marido, encogido en una orilla,  parece un equilibrista haciendo malabares en la cuerda floja de un circo. Todos duermen y seguro están soñando. Yo estoy despierta, rumiando la idea de una posible mudanza.

...

Hace más de siete años que vivo en la torre 625 de la calle Escorza. Hasta hace unas semanas pensé que ese sería mi hogar muchos años más, sin embargo, la posibilidad de comprar una casa modificó esa perspectiva. En un principio me costó aceptar la idea de irme, de dar vuelta a la página y, como si se tratara de una tarea escolar, dibujar en una hoja en blanco la que sería mi nueva casa. Con el tiempo la sensación de vacío se fue sustituyendo por una mucho más optimista. Mi Pinterest fue llenándose de ideas decorativas e inicié la elaboración de un colash mental con todos los cambios y remodelaciones a los que sometería la casa nueva. Sí, soy una optimista, y como tal busco siempre el lado bueno de las cosas. He hecho un gran esfuerzo esta vez, porque dejar mi departamento significa dejar atrás muchas otras cosas también, para algunas de las cuales no me siento preparada.

Cuando recibí la noticia de la posibilidad de comprar una casa, en mi cabeza comenzaron a dibujarse una serie de pequeñas preocupaciones. Pensé, por ejemplo, en mi gato, pues para él, el mundo se reduce a nuestro departamento; a sus ventanales por los que observa el ajetreo de la calle, a nuestra habitación donde pasa horas dormido y a los sillones de la sala donde toma largos baños de sol. Seguramente la mudanza le será extraña e incluso molesta, y adaptarse a un nuevo espacio va a costarle tiempo. Lo veo pasear por el largo pasillo que conduce a los cuartos y espero que haga suyo el nuevo espacio pronto, como lo ha hecho hasta ahora con cada rincón de nuestro departamento. Sé que no debería angustiarme tanto, pero aún así me preocupa y para tranquilizarme imagino los ventanales de la casa nueva y la manera en la que los adaptaré para que él pueda disfrutar de la vista a la calle.  

El apego a mi departamento no es únicamente a sus muros, es al edificio, al barrio y de manera especial al departamento de enfrente, donde vive mi mejor amiga. Cuando digo que he vivido más de siete años en la calle Escorza es porque antes de ser inquilina formal, estuve como paracaidista en su departamento. Ella inauguró el edificio y me dejó vivir en su casa gratis. Yo colaboraba limpiando o llevando despensa a cambio de pasar días y días metida en su casa. Hasta este momento pienso que no fue el trato más justo, pero ella nunca se opuso a mis paseos en pijama por su casa o a mis tardes de hibernación en su sala.  En cambio, me ofreció café cada mañana, vimos películas de terror y series de televisión. Me regaló horas de conversaciones desbordadas de comedia fina. Me prestó sus libros y su ropa, me compartió su cama, su almohada, su cobija y me cocinó huevos en salsa para el desayuno. 

En ese departamento compartí mis primeros años con mi entonces novio y actual marido y fue una plataforma segura desde donde pude planear y construir una nueva vida. 




...



 La calle Escorza luce oscura y solitaria desde mi ventana. Está iluminada únicamente por una lámpara led instalada por los vecinos porque los arbotantes nunca han funcionado bien a pesar de haberlos reportado más de una vez al ayuntamiento. Es una calle lúgubre, enmarcada por una serie de fábricas y negocios comerciales. 

De pie, junto a la ventana, observo la inmensa maderería y su fachada color verde. Pienso en las familias de gatos que viven ahí y que por las noches salen de paseo por el barrio. Percibo la belleza de ese edificio parco que tanto ruido hace por las mañanas. Es su refugio, su hogar. Los imagino observándome desde el tejado, indiferentes a mi nostalgia. Yo, igual que ellos, me he refugiado en en estos muros y he construido aquí mi hogar. 








Escorzar, según la Real Academia de la Lengua, significa "Representar, acortándolas según las normas de la perspectiva, las imágenes que se extienden en sentido perpendicular u oblicuo al plano del papel o lienzo sobre el que se pinta." Este concepto me viene bien para construir la idea que me permitirá dejar atrás y tirar para adelante: dejar Escorza, mi calle, mi hogar, supondrá un arduo y complejo trabajo de representación del futuro, de aterrizar los bocetos imaginarios que flotan en el aire, sobre un lienzo nuevo. Dibujar y hacer real un futuro imaginado teniendo en mente que dejar atrás no significa perder para siempre. Es posible volver al lugar donde se ha sido feliz, es posible conservar sin aferrarse, recordar y pensar que el futuro no debe convertirse en un aterrizaje forzoso, sino que se debe llegar a él de manera natural, a través de un proceso de decisiones propias, de pasos seguros que nos lleven a sitios, no mejores, pero necesarios para crecer y evolucionar. 

Diego, mi hijo, ya no crecerá en el barrio de Mexicaltzingo, pero tendrá un hogar que echó raíces en él. Estas raíces son tan fuertes que continuarán creciendo en cualquier lugar; sólo es cuestión de desearlo con fuerza.
 




No hay comentarios:

Publicar un comentario