La primavera se ha ido dejando en su lugar al temporal de verano. Éste trae consigo lluvias leves y fuertes tormentas, olor a tierra mojada y una expectación por las vacaciones.
En mi infancia los veranos eran largos, las vacaciones duraban una eternidad y los juegos se convertían en la actividad cotidiana en casa. Mis hermanas y yo pasábamos todo el día en la calle jugando con amigos. Teníamos invitados en casa todos los días por lo que había pijamadas permanentes. Las noches eran sumamente divertidas, la pasábamos en vela, construyendo casas de espanto y jugando en medio de la oscuridad. Mis papás no se molestaban si nos veían cruzar el pasillo disfrazadas de monstruos o si nos desvelábamos viendo “La hora marcada”, “La telaraña” (programas de terror mexicanos ochenteros) o alguna película “de miedo”, como decíamos.
En mi infancia los veranos eran largos, las vacaciones duraban una eternidad y los juegos se convertían en la actividad cotidiana en casa. Mis hermanas y yo pasábamos todo el día en la calle jugando con amigos. Teníamos invitados en casa todos los días por lo que había pijamadas permanentes. Las noches eran sumamente divertidas, la pasábamos en vela, construyendo casas de espanto y jugando en medio de la oscuridad. Mis papás no se molestaban si nos veían cruzar el pasillo disfrazadas de monstruos o si nos desvelábamos viendo “La hora marcada”, “La telaraña” (programas de terror mexicanos ochenteros) o alguna película “de miedo”, como decíamos.
Siempre he pensado que un elemento indisoluble del verano es el terror: lluvias torrenciales acompañadas de rayos y truenos, vientos que silban por las noches y apagones de luz que obligan a caminar a tientas. Mientras otros se molestan cuando la luz se va en medio de una tormenta yo veo una oportunidad para el terror: sentarse alrededor de la mesa, encender velas y contar historias de fantasmas.
Mi afición por el terror nació en la infancia y me ha acompañado toda mi vida. Siempre que puedo organizo ciclos de cine de terror casero acompañada, ya sea de mi marido, de mis amigas o de mis tres hermanas. Tal parece que lo traemos en la sangre, porque las cuatro tenemos un gusto particular por los ambientes tenebrosos.
Mi abuelita era una experta en historias de fantasmas. Gran parte de mi infancia la pasé en su casa comiendo papitas cocidas con sal mientras escuchaba sus historias. Fue así que conocí la leyenda de la llorona, la del hombre de negro o aquella del infortunado hombre que encontró un bebé en medio de la noche, lo llevó a su casa sólo para darse cuenta, horas después, que detrás de los tiernos ojos de aquel niño habitaba el demonio.
Mi abuela afirmaba que los fantasmas existen y que el diablo puede hacerse presente en nuestro mundo. Estaba tan segura de ello que me transmitió esa certeza. Hoy por hoy no puedo asegurar la existencia de fantasmas, pero habita en mí una duda que crece en las noches, cuando la oscuridad se adueña del pasillo de mi departamento creando sombras extrañas. Si escucho ruidos en casa, antes de pensar en ladrones, como lo hace la mayoría de la gente, yo pienso en fantasmas.
El verano es pues, para mí, la temporada de tormentas y de espíritus; el tiempo de los fantasmas. Ansío que mi esposo olvide pagar la luz para tener la oportunidad perfecta, desempolvar las velas y dejar que las historias viejas de mi abuela inunden toda la casa. Me hubiera encantado que Diego la conociera, que se hubiera sentado en su regazo a escuchar uno a uno los cuentos que tanto me fascinaron en la niñez; rezar “La magnífica” para ahuyentar las tormentas y disfrutar de la ternura de su mirada. Ella era lo mejor de mis veranos y en días como estos, en los que las tormentas acechan por las noches, pienso en sus remedios y antídotos: tener siempre a la mano una estampa con la oración de “la magnífica”, apretar un escapulario muy fuerte con el puño de la mano y encomendarse a Dios. El escapulario era un aliado invaluable pues funcionaba como escudo frente a la muerte.
Diego nunca escuhará de su voz las historias que poblaron mi infancia y yo no sé si algún día logrará ver, detrás de la vida mundana, el universo fantasmal que se despliega en paralelo. Por mi parte, cuando sea mayor, le contaré todas las historias y me aseguraré de entregarle el antídoto que le permita atravesar este universo y volver sano y salvo a casa.

Que bonito cuentooo!!! <3
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