Hace unos meses escribí un texto breve hilvanado con ideas sueltas en la profundidad de la noche. Cuando a la mañana siguiente lo releí, una de esas ideas se aferró a mí como cuando mi hijo se aferra a mi pierna para impedir que me aleje: con fuerza. Bailaba y giraba a mi alrededor; sugiriéndome reforzar los hilvanes con una costura firme.
Ahí estaba mientras yo releía, dispuesta a regresar a mi cabeza y a convertirse en un recordatorio. Se alojó en un hueco profundo y salta a la luz cuando nadie la esta observando.
La idea es muy simple, tanto que no podría considerársela una idea en realidad si no se le contextualiza adecuadamente. En este caso particular, la idea toma forma de silla, de cualquier color, forma y material; simple y llanamente, una silla.
La silla está vacía, y se encuentra en el centro de una habitación en la que no hay nada más. Por una pequeña ventana se puede observar el mundo, o mejor dicho una pequeña porción de él, un jardín, quizás, o una playa.
Pensándolo bien, lo que he llamado idea es, hasta ahora, más bien una imagen, corta, plana, carente de profundidad. Sin embargo, en la medida en la que voy reforzando los hilvanes con puntadas certeras, la silla comienza a transformarse y a posicionarse en una nueva categoría. Se hace nudo en mi cabeza para luego desplegarse y adherirse con fuerza: esa silla es mi silla, es mi espacio en el mundo. Es el lugar que me corresponde y al que pertenezco. Yo entro a la habitación y me siento en ella y de pronto soy una persona, un individuo que busca ser.
Y estoy ahí sentada, siendo humana, viviendo y sintiéndolo todo. Entonces, sin siquiera percatarme del cómo y ni del por qué, tengo un pequeño ser en mi regazo. Miro alrededor y noto que en la habitación ha aparecido una nueva silla. Es pequeña, hecha a medida. Intento sentar al pequeño en ella, pero siempre regresa, se sube como puede y exige que comparta con él la mía, mi vida, el universo, mi silla.
Y así, la idea que en un principio era sólo una imagen se vuelve tormenta, porque ya no imagino sentarme sola. Pero la pequeña silla no se va a ningún lado, al contrario tiende a crecer, a hacerse más grande y robusta, y sé que en algún momento será más cómoda que mi regazo. La tormenta amaina y arrecia, como la marea, y yo me aferro al pequeño con todas mis fuerzas.
Sé que en algún momento él querrá sentarse en su silla y que hará de ella su lugar en el mundo. Mientras que eso sucede yo seguiré meciéndolo, esperando. Coseré con hilvanes firmes un puente que me lleve a él de vez en cuando, y que lo traiga a mí cuando él lo desee. Seremos dos universos que se encuentran en un punto, que se conectan y que, a veces, pueden volver a ser uno.
Imagen: Kiki Smith, The Parcel

Esta hermoso cuñis!! Llore!! 💖
ResponderEliminar❤️ gracias!!!!! Te mando beso
ResponderEliminarMe encantó!!!!!!! ❤️❤️❤️❤️❤️
ResponderEliminarQue hermoso Mimi💜💜
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